Nací en un hogar cristiano y desde pequeño asistí a la iglesia. Participé de las actividades de la misma sin inconvenientes ni rebeldías. Desde que recuerdo, siempre fue muy importante en mi vida la religión. Siempre quise hacer las cosas de modo de obtener la salvación.A los catorce años fui a continuar mis estudios secundarios al Instituto Adventista Balcarce. Lo hice como alumno interno. En esta institución educativa, la vida religiosa es de central importancia.
A esta altura de mi vida experimenté un tipo de rebeldía. Aunque asistía a los cultos y clases de Biblia (los cuales eran obligatorios) sin chistar, ni por dentro ni por fuera, dentro mio había un interés decreciente por las cosas de Dios. Me sentía muy bien cómo estaba. A pesar de los horarios y tareas a realizar tenía mi independencia, mis amigos y mi sensación general de bienestar. Cuando asistía a los cultos y escuchaba hablar de la segunda venida de Cristo, de su inminecia y del destino de muerte eterna de quienes no estén preparados me sobrevenía un poco de temor. Sabía que no estaba listo. Acallaba mi conciencia pensando que siempre pasaba lo mismo: escuchaba estos sermones, me agarraba temor, salía del lugar de culto, me encontraba con mis amigos, hablábamos de las cosas de todos los días y entonces la sensación desagradable desaparecía. Todo volvía a ser como siempre y el sol saldría cada mañana. De algún modo no es que quisiera hacerle la contra a Dios, pero deseaba que Él siguiera bien con su vida allá arriba mientras yo estaba bien con mi vida acá abajo.
Hacia fines de ese año, 1992, en la habitación del internado donde vivía, se juntó un grupo de compañeros a charlar. La charla viró hacia temas políticos y religiosos y uno de mis compañeros, que evidentemente estaba bien informado acerca de política internacional y cuestiones proféticas, empezó a contarnos cómo se estaban cumpliendo las profecías en los acontecimientos actuales. La charla, según lo recuerdo, duró bastante y nuevamente vino ese temor sobre mí: “Cristo viene pronto y yo no estoy preparado.” La diferencia es que esta vez el temor no me dejó. Ni quise que me dejara. El Espíritu Santo impresionó mi corazón y me dí cuenta de la importancia de la cuestión.
Me pregunté: ¿qué hago? ¡ Cristo viene pronto y yo no estoy preparado! Me acordé que al día siguiente tenía examen de Biblia. No había estudiado puesto que con lo que conocía de toda la vida estaba seguro que me alcanzaría para aprobar sin problemas. Así que me dije: bueno, voy a empezar por estudiar para el examen de Biblia.
El examen era acerca de los momentos de la pasión de Cristo y su muerte. Tenía que prepararme para este examen leyendo del libro “El deseado de todas las gentes” (Ellen White) los capítulos relativos a estos eventos. Las luces en las habitaciones estaban cortadas, como todas las noches luego de las 22:00 hs. para que los chicos se durmieran. Así que agarré una silla y salí al pasillo donde había luces tenues para poder caminar hasta el baño, en caso de necesidad. Me senté con mi libro debajo de una de estas luces, hice una oración y comencé a leer. Lo que ocurrió entonces fue maravilloso. Las páginas pasaban debajo de mis ojos sin ningún tipo de dificultad. Yo leía y era como si estuviera viviendo lo que estaba leyendo. Ví cómo maltrataron a Cristo, cómo lo juzgaron injustamente, cómo sufrió todo esto sin quejarse y cómo, finalmente, luego de indesibles sufrimientos, entregó su vida por mí. El Espíritu Santo me ayudó a leer. Y el Espíritu Santo me dió la convicción de que yo era una persona ingrata. Que después de lo que había hecho Cristo por mí yo no podía darle la espala como estaba pretendiendo hacerlo en ese momento. El Espíritu Santo me dió arrepentimiento por mis pecados y esa misma noche le entregué mi corazón por completo a Jesús. De ahí en adelante mi vida cambió.
Vibra mi corazón dentro de mí al recordarlo. Pasaron casi 17 años pero el recuerdo es fresco todavía. Nunca voy a olvidar este encuentro con Jesús.
¡Deseo decir junto al apostol Pablo: “Cada día muero” (1 Corintios 15:31) y "Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí" (Gálatas 2:20) y de este modo vivir con Jesús por los siglos sin fin!
Amén.

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